(…) [el] supuesto fundamental y punto de partida de la visión moderna del mundo —un supuesto muy arraigado que sigue influyendo sutilmente sobre el giro posmoderno— [postula que] ningún significado ni finalidad que la mente humana perciba en el universo existe en éste de manera intrínseca, sino que es construído y proyectado en él por la mente humana (…) el hecho de suponer que, en última instancia, la fuente exclusiva de todo sentido y finalidad en el universo se centra en la mente humana, que es por tanto absolutamente única y especial, y, en este sentido, superior al cosmos entero, ¿no es acaso un acto extraordinario de hybris humana, literalmente, una hybris de dimensiones cósmicas? ¿No lo es suponer que el universo carece por completo de lo que nosotros, los seres humanos, descedientes y expresión de ese universo, poseemos de modo tan preminente? (…) Tal vez este completo vaciamiento del cosmos, este absoluto privilegio otorgado a lo humano, sea el último acto de proyección antropocéntrica, la forma más sutil, pero prodigiosa, de autoexaltación humana. Tal vez la mente moderna ha estado proyectando a escala cósmica la ausencia de alma y de mente, filtrando y evocando sistemáticamente todos los datos de acuerdo con sus supuestos de autoexaltación, en el mismo momento en que creíamos estar “limpiando” nuestra mente de “distorsiones”. ¿Hemos estado viviendo en una burbuja de aislamiento cósmico que nosotros mismos hemos producido? Tal vez el mero intento de desantropomorfizar la realidad de una manera tan simple y absoluta sea él mismo un acto de supremo antropocentrismo.
—Richard Tarnas en “Cosmos y Psique”

