Dennis Mckenna
y la experiencia psiquedélica
Habiendo adquirido una considerable educación formal tanto en la teoría como en la práctica de la ciencia, ahora me doy cuenta que tan cacareada disciplina permanecerá por siempre incapaz de explicar satisfactoriamente los más simples y básicos elementos de nuestra existencia: nuestra experiencia de la vida, de la mente, nuestra forma de estar en el mundo. La ciencia, por su propia naturaleza, se torna incómoda cuando se enfrenta a tales cuestiones, porque está diseñada expresamente para el exámen de las partes, en vez de el todo. El escrutinio científico puede desentrañar los mínimos detalles del puzzle, pero sensibilidades más poéticas están llamadas a apreciar qué es ser un cerebro/mente/cuerpo, experimentando la maravillosa totalidad del ser en toda su confusa y esplendorosa confusión.
Es respecto a esto en donde las sustancias psiquedélicas constituyen un gran acertijo para la ciencia, y así será por algún tiempo. Es en este fenómeno de la experiencia psiquedélica en donde las irrefutables y autoevidentes cualidades de la mente emergen fuertemente contra el enfoque reduccionista del neurólogo biomolecular. Mientras que parece claro que las modalidades del estado psiquedélico deben tener sus raíces en farmacodinamias neuronales, los paradigmas explicativos formulados en términos de selectividad de receptores, relaciones estructurales/funcionales, o interacciones de agonismo/antagonismo fallan a la hora de hacer justicia a la experiencia transcendente y transformativa que se manifiesta cuando alguien consume una sustancia psiquedélica.
Una posible aproximación a la resolución de este dilema podrá llamarse la vía del chamán: uno simplemente prescinde de todos los intentos de análisis reductivo y acepta la experiencia en sus propios términos, quizá como una revelación divina de una fuente ajena al propio ser—un dios dentro de una planta, por ejemplo. Además, la experiencia psiquedélica es tan profunda y abrumadora que incluso individuos científicamente sofisticados pueden fácilmente sucumbir al error de pensar que "el trip está en la droga". La respuesta alternativa, que puede caracterizarse como la vía del alquimista, es volverse completamente obsesivo en la búsqueda de la explicación reduccionista y construir modelos salvajememte elaborados en un intento de integrar la irreductible realidad de lo que se ha experimentado dentro de algún paradigma científico o, mejor dicho, cuasi científico. Este libro trata, quizá sin éxito, de tender una vía entre ambas aproximaciones.
—Prefacio de "The Invisible Landscape"

Habiendo adquirido una considerable educación formal tanto en la teoría como en la práctica de la ciencia, ahora me doy cuenta que tan cacareada disciplina permanecerá por siempre incapaz de explicar satisfactoriamente los más simples y básicos elementos de nuestra existencia: nuestra experiencia de la vida, de la mente, nuestra forma de estar en el mundo. La ciencia, por su propia naturaleza, se torna incómoda cuando se enfrenta a tales cuestiones, porque está diseñada expresamente para el exámen de las partes, en vez de el todo. El escrutinio científico puede desentrañar los mínimos detalles del puzzle, pero sensibilidades más poéticas están llamadas a apreciar qué es ser un cerebro/mente/cuerpo, experimentando la maravillosa totalidad del ser en toda su confusa y esplendorosa confusión.
Comentarios (3)
El número de personas que ingresaban en el manicomio se multiplicó durante la introducción del azúcar en Europa. Hoy en día, hay psiquiatras que creen que la enfermedad mental es un mito y que muchas veces esta deriva de la incapacidad del organismo de adaptarse al estrés provocado por la dependencia de azúcar—
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